01 noviembre 2021

Entrevista a Benito Estrella


Retomamos la actividad en tinta invisible con la segunda de nuestra serie de entrevistas a los autores de Editorial Sonora. En esta ocasión hablamos con Benito Estrella, autor de la novela Valdargar. Una larga conversación con una persona con mucho fondo literario y humano.

¿Cuándo comenzaste a escribir? Y ¿por qué (o para qué) escribes? Da la impresión de que has volcado en Valdargar tu saber como escritor y también como profesor de literatura. ¿Puedes contarnos algo de tu proceso de escritura?
Publiqué mi primer libro de poesía en 1972, en Barcelona. Así es que se podría decir que empecé a escribir bien joven. Pero, en realidad, no he tomado conciencia de la escritura como oficio hasta muy tardíamente, ya sesentón. Antes de jubilarme solo había publicado, además de esas primeras poesías, otras veinte años después (Libro de la memoria y el olvido) y un ensayo (Un extraño en mi escuela) resultado de mi tesis doctoral. Entretanto, he ido aprendiendo a escribir redactando cartas, informes, conclusiones asamblearias, programas colectivos o institucionales, materiales pedagógicos y otros textos sin firma propia y sin género literario. En los ambientes pedagógico-políticos en donde me movía, con los compromisos de la llamada transición democrática, solían acudir a mí cuando se trataba de redactar algo en papel. Era el amanuense. Ha sido después de jubilado cuando he empezado a sentirme autor, individualmente responsable de lo que escribía, si bien mantengo la idea de que los escritores no somos en realidad creadores, sino reescritores de lo que ya está escrito y mil veces escrito.
En cuanto a por qué y para qué escribo, a mí me parece que uno escribe para dialogar con el lector, para compartir un servicio mediante un producto que debe hacerse con esmero. La lectura es diálogo: «Vivo con el comercio de difuntos / y con mis ojos oigo hablar a los muertos», dice Quevedo en un famoso soneto. Yo me crie en un ambiente familiar de artesanos, zapateros y carpinteros (como se puede ver en la novela). El zapatero artesano (la producción industrial de hoy es otra cosa) lo primero que hacía era tomar la medida del pie para el que iba a hacer el zapato. El trabajo se hacía para cubrir la necesidad de un ser humano concreto que tenía que andar por las calles empedradas del pueblo o entre los terrones del campo. Muchos de los que emigraban en aquellos años eran artesanos: zapateros, carpinteros, labradores… Y las mujeres eran todas cocineras y modistas. Allí a donde iban se convertían, eso sí, mejor pagados, en esclavos de unas máquinas haciendo todos los días, horas y minutos, las mismas y cansinas rutinas de un robot.
Lo que el capitalismo ha producido, especialmente en los últimos tiempos, es una inversión entre fines y medios en el trabajo y la economía. No se produce en función de las necesidades de los individuos, sino que se crean necesidades sin cuento para que sean consumidos los productos, materiales o ideológicos, que se fabrican o se ponen en esos escaparates que tenemos dentro de casa y llevamos siempre en la mano, que son las pantallas de la televisión o del móvil. En el oficio de escritor esto de tomar la medida del pie es más difícil; pero tenemos casos ejemplares en este sentido: dos de nuestros grandes clásicos, santa Teresa y san Juan de la Cruz, escribieron sus obras para personas concretas. Yo suelo pensar al menos en la clase de lector que puede leer lo que escribo. Valdargar lo escribí pensando sobre todo en mi familia y mis paisanos, es decir, en la comunidad en que nací, me crie y crecí. La vida no se muestra en conceptos y abstracciones, sino en vivencias concretas y relaciones con personas de carne y hueso.

Has escrito varios libros de ensayo sobre cuestiones educativas y filosóficas (el último, Educar a la intemperie, acaba de aparecer) y cuatro libros de poesía, pero solo una novela, Valdargar. ¿Por qué?
La explicación de haber publicado más ensayos tiene que ver con mis circunstancias biográficas y los compromisos que me exigían. Fui acumulando algunos cuadernos de apuntes sobre mis lecturas y mis reflexiones relacionadas con mi tarea docente. Por otro lado, siempre he visto a la educación muy ligada a cuestiones filosóficas. Luego, la circunstancia de que el Instituto Emmanuel Mounier (al que estoy muy agradecido) me ofreciera la oportunidad de publicar algunos de esos apuntes ya redactados en forma de libro, ha facilitado y estimulado mi escritura.
Con la poesía he tenido siempre una relación extraña, con épocas y autores de intensa lectura y periodos salteados de eso que llaman algunos inspiración. En realidad, si nunca me sentí escritor, menos aún me he considerado poeta. Para mí ser poeta, como ser escritor o maestro, son palabras mayores. Es adquirir la tremenda responsabilidad de ser un guía para los demás en lo que atañe a la verdad, al bien y a la belleza. Y esta responsabilidad la asumen y representan en toda su profundidad y sentido muy pocos.

¿Qué diferencias y parecidos encuentras al escribir en los diferentes géneros?
Los géneros se solapan muchas veces entre sí. Yo me pongo a pensar sobre un contenido determinado que considero debo expresar y hacer público, sin prejuzgar en qué género o corriente literaria voy a encajar lo que escriba. Es el contenido el que determina la forma y no al revés. Hay (y esto lo denuncia muy bien Todorov en su ensayo La literatura en peligro) un exceso de formalismos, tanto en la crítica como en la teoría literaria, que ahogan, en cierto modo, el papel esencial de la literatura, que es, como dice Todorov, «enseñar a vivir»; o intensificar la vida, como todo el arte en general, según señala el filósofo Michel Henry. La literatura sobre la literatura, la teoría literaria (que es, por cierto, lo que se enseña desde muy temprano en las aulas, incluso antes de que los estudiantes sepan leer bien), aunque necesaria, es algo abstracto, propio de especialistas y ajeno al arte y su relación con la vida.

En Valdargar es fácil encontrar pasajes poéticos y también reflexiones filosóficas enhebradas en la narración. ¿Crees, como dicen algunos, que la novela es el género total, que cabe todo en ella?
Como idea general, estoy de acuerdo en que la novela, el género narrativo (también las fábulas, los apólogos, los cuentos, las parábolas, las historias de enseñanza) es el que ofrece mayores posibilidades para expresar de manera integral nuestras disposiciones afectivas en relación con la vida que vivimos y vemos vivir en los demás. Pero depende, lógicamente, de la obra en sí, de su calidad y acierto. Si hablamos de Cervantes o Dostoyevski, la novela expresa de forma magistral esa cualidad íntegra de la vida, encarnada en sus personajes. Pero lo mismo podríamos decir de la poesía de Antonio Machado, de los diálogos de Platón o del teatro de Shakespeare. Cervantes dijo que el cielo no le había concedido el don de la poesía, y es posible que cada escritor se encuentre más a gusto en uno u otro género. En mi caso han sido las circunstancias las que me han llevado de aquí para allá y, como te digo, un tanto tardíamente para asentarme en uno u otro. A mí me gustaría haber dedicado más tiempo a la novela y ahora estoy empeñado en escribir otro Valdargar, que me está costando.

Benito Estrella, Valdargar, Editorial Sonora, Madrid, 2020.
272 páginas, 15 euros. ISBN 9788412070835.

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Valdargar se nutre de recuerdos de tu infancia, pero sometidos a una elaboración literaria muy compleja. No solo has cambiado los nombres de los personajes y de los lugares, sino que la historia misma del protagonista, Orencio Burgos (un trasunto de tu persona) nos la cuenta un amigo suyo, un narrador anónimo que podrías ser tú (o no) y que reelabora lo que Orencio le ha contado, en un juego de capas que recuerda inevitablemente a Cervantes.
La reelaboración literaria de mis recuerdos tiene una doble motivación: la composición literaria propiamente dicha (estética, podríamos decir) y, sobre todo, procurar no herir a nadie (ética). Se podría añadir, además, que yo nunca he estado seguro del todo sobre la verdad de las ideas que expreso, de ahí la distancia conmigo mismo mediante el recurso a un narrador externo. Hay también algo de eso que se conoce como el flujo de conciencia, con el que he querido mantener cierta distancia o desapego.

En esta segunda edición no te has limitado a corregir erratas. ¿Qué diferencias hay con la edición original?
Las diferencias más significativas entre la primera edición y esta segunda son la supresión de casi todo un capítulo («Exiquio el Gordo») que no encajaba en la coherencia y el tono del relato, que era simple literatura y además de la mala, y un añadido en la conversación que sostienen Fulgencio el Barbero y el abuelo Prudencio, que me ha servido para matizar algunas consideraciones sobre la guerra civil, resaltando el hecho de que la mayoría del pueblo fue obligada a participar en ella en uno u otro bando sin otro motivo que la llamada a filas según donde tocara la leva. He corregido también algunas cosillas de estilo, pocas en realidad. La novela la estuve pensando durante mucho tiempo, años, pero cuando me puse a escribirla me salió casi de un tirón.

Abres el libro con una cita de Simone Weil que dice que nuestra raíz está en la comunidad en que crecimos, en los tesoros del pasado (la infancia como verdadera patria, como dice Rilke en la otra cita que pones al comienzo).
Simone Weil es para mí una autora de referencia permanente. He leído toda su obra traducida y la repaso y la cito siempre que viene a cuento. La novela tiene además un subtítulo (Memoria del desarraigo) que apunta precisamente a las ideas del desarraigo y de la infancia como verdadera patria del hombre, como dicen Weil y Rilke.
En cuanto al tema del desarraigo, bajo su apariencia desenfadada y humorística, he pretendido poner sobre el tapete algunas cuestiones generales muy serias, que con el tiempo han ido mostrando su relevancia. Porque la España vaciada no es un problema demográfico ni de economía política, sino todo un desgarro existencial: el de ser arrancado de la tierra donde uno ha sido sembrado y ha crecido y quedarse así sin raíces y sin tierra, sin tradición viva de la que obtiene su alimento el alma. Adam significa humus, tierra. Pienso que la literatura tiene la tarea obligada de rescatar y denunciar aquellos temas y problemas que el mundo presente, con su ruido mediático, oculta, olvida o deforma. En este sentido, toda literatura que pretende serlo con responsabilidad, es subversiva. He querido por eso dar relevancia y presencia a esos seres anónimos que nunca cuentan en la historia, la que escriben siempre los que mandan, a su manera y según su interés. Estos que dejaron sus pueblos y sus gentes por los años cincuenta y sesenta del siglo pasado ni habían ganado ni perdido la guerra, pues no iba con ellos. No han tenido ni tienen pagas, ni memoria, ni nombres de calles, ni monumentos. Ni eran ni son actores de la película, sino los extras del montón. Son como si no existieran. Son los que siempre pierden las guerras, los hermanos y hermanas del soldado desconocido. Pertenecen a la intrahistoria, de la que habló Unamuno, al sustrato invisible y sudoroso que hace funcionar el mundo, y lo levantan cada día y todos los días yendo a su trabajo y cumpliendo con su deber: el obrero de la fábrica, el muchacho o la muchacha que te sirve el desayuno o la cerveza, la maestra de escuela, el médico, la enfermera, la cajera del súper, Catalina, mi alumna, que lleva treinta años sin faltar un día limpiando el cuartel de la guardia civil, la señora que barre y friega la puerta de su casa… No salen en la tele, ni en los periódicos, ni en los libros de historia, a no ser que pase alguna terrible desgracia, como en Puerto Hurraco, un pueblo cercano al mío, Higuera, también de La Serena. Y entonces acuden los periodistas a la mala noticia y nos llaman la España profunda en vez de la España vacía.


Es patente en Valdargar tu valoración positiva (pero no edulcorada: hay pasajes de una dureza terrible) de cierto modo de vida que se ha perdido y que se ha sustituido por otro que no te convence demasiado. ¿Hasta qué punto has querido reflejar tu punto de vista crítico sobre la sociedad posmoderna, que has reflejado también en ensayos sobre educación, como Loa a la vieja pizarra?
En mi memoria late y vive una infancia feliz en medio de la pobreza. Recuerdo un ambiente que, aun rayando casi en la miseria, era al mismo tiempo, al menos entre la gente más familiar y cercana, lleno de sentido y alegría sana. El ritual religioso y la escuela por un lado (yo fui monaguillo) y por otro el cine y las pocas lecturas que podía sacar de aquí o allí llenaban mis sentimientos y anhelos, aparte de sentirme querido por aquellos con quienes me relacionaba. Con el progreso han venido cosas positivas, sin duda; pero este desarrollo económico, político, técnico y mediático, a cuya conjunción de intereses llamo la Máquina, se ha llevado por delante cosas esenciales que no tienen precio, y que la Máquina, por mucho que se esfuerce en negarlas, no puede borrarlas del corazón humano, no son mercancías que se puedan comprar y vender con dinero o con votos.
En este momento tengo la sensación de que nada está en su sitio y creo que esta misma sensación, de manera más o menos consciente, está llegando a cada vez más gente. Los rostros, más lustrosos y maquillados, lo revelan y en la mayoría de las miradas no encuentra uno más que desafío o vacío.
Hay cosas positivas, por supuesto; pero estas ya se encarga de propagarlas insistentemente el aparato de la Máquina del sistema en que vivimos, bien como realizaciones paradisiacas por parte de los que mandan o bien como el paraíso a la vuelta de la esquina por parte de los que aspiran a mandar.
Pienso que la sociedad posmoderna, nuestra cultura, de origen cristiano, es la manifestación de nuestra decadencia, sometida a una degeneración cada vez más acelerada hacia la barbarie. Estamos en una situación muy parecida a la de la decadencia del imperio romano, como denunciaron tempranamente Juvenal o san Agustín. Lo que quedó entonces en pie de la cultura fue gracias al retiro de unos pocos en los monasterios medievales. Creo, aunque esto se vea como pesimista, que el único margen que nos deja la Máquina es el de retirarle nuestro apoyo, directo o indirecto, nuestra energía, sin la que no puede funcionar, pues el enfrentamiento le sirve también de alimento, es uno de sus mecanismos de mantenimiento.

11 octubre 2020

Entrevista a Carmen Soteres


Aprovechando 
nuestro trabajo en Editorial Sonora, comenzamos hoy una serie de entrevistas que permitan a los lectores de tinta invisible conocer la escritura desde una dimensión más práctica y vivencial que nuestras entradas habituales. Y lo hacemos con Carmen Soteres, amiga y compañera de incontables talleres y cafés literarios, escritora concienzuda y vocacional, que acaba de publicar en Sonora su nueva novela: Mi maleta de especias.

¿Cuándo comenzaste a escribir? Y ¿por qué (o para qué) escribes?
Muy pronto… ¿siempre? Una necesidad y una terapia. Abrir la cáscara, buscar la pulpa, el hueso, las semillas (buen ejemplo para esta novela) de mis protagonistas me resulta esclarecedor. Bucear en su interior me enseña a vivir y voy dejando pistas de la materia dúctil de mi persona, en lo que escribo.

Esta es tu segunda novela, pero cultivas especialmente el relato. ¿Novela o relato?
No hay por qué elegir. Me gusta el relato y seguiré escribiéndolo, su inmediatez, su síntesis; pero en estos meses de pandemia, tener un proyecto más largo me devolvía algo de la ilusión perdida. Ahora ya tengo otra novela en la probeta (por si acaso) y me gustaría tratar de redondearla.

Mi maleta de especias está contada en primera persona por una niña pequeña peruana. A mí me parece un reto tremendo, en léxico y tono, para una escritora española, y lo has superado de forma sobresaliente. El texto tiene una enorme belleza. ¿Cómo te has atrevido?
Me gusta cómo habla Hispanoamérica, la calma, la dulzura que han aportado a nuestro idioma... y también su forma reposada de ver la vida, frente a la nuestra, bueno, a la mía, a mi impaciencia. Creo que merece la pena atrapar lo que admiras de otras culturas, para quedártelo.
La tradición culinaria de Perú ha asaltado mi cocina y conduce la historia. Hablo de pactos que tienen que ver con las supersticiones, las leyendas, la existencia de duendes, de fantasmas. Hablo de una madre tan real como irreal, pero necesaria… y una tía, esta muy real y también muy necesaria. Además he intentado buscar el humor en una historia que en principio es triste (para mí es un reto). He contado con la ayuda de una amiga peruana, Elizabeth, que ha aportado credibilidad a la novela.

Carmen Soteres, Mi maleta de especias, Editorial Sonora,
Madrid, 2020. 128 págs., 15 euros. ISBN 9788412070842.

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Tu obra es muy variada, en especial los cuentos, pero yo diría que hay una cierta unidad temática, unas ciertas obsesiones o cuestiones que te interesan especialmente. ¿Qué hay de esto?
Acierto pleno. No me gusta la historia, me gustan las historias. Esas en las que me adentro en los temas de siempre: dolor, pasión, culpa, muerte, redención, soledad, egoísmo, envidia, familia, pareja (esta me trae de cabeza). ¿Se puede querer y odiar a la vez?  ¿Son brotes que crecen de una misma rama? ¿Nos pasa eso a todos?

Eres una lectora empedernida y crítica. ¿Cuánto de tus lecturas se refleja en tu obra, y cuánto de tu vida?
Todo se refleja en lo que escribo; por supuesto, lo que leo y me gusta; pero también, y muy importante, lo que vivo, lo que siento, lo que descubro a través de otros, que tienen la confianza de contármelo en primera persona. ¿Escuela de vida?

Mi maleta de especias es una historia de mujeres pero está lejos de ser una obra de tesis. En tus historias no ocultas tus ideas pero nunca intentas convencer a nadie de nada, creo yo. ¿Es así?
Efectivamente, quería ver qué pasa en una historia casi exclusivamente de mujeres. Cómo se relacionan, cómo gestionan sus emociones y cómo lo cuenta una niña de siete años (al empezar la novela), tan libre de prejuicios a esa edad.

Últimamente escribes poesía con asiduidad. Incluso has publicado un poemario, Confinaviernes, escrito durante el confinamiento, como regalo para los primeros lectores de tu última novela. ¿Qué supone la poesía para una narradora como tú?
Empecé en 2018 a introducir escritura poética en lo que escribo. En 2019 hice un curso muy interesante en Santander y quiero seguir cultivando ese huerto. Encontrar la palabra exacta que busco (clara y directa) y, si es posible, dotar a mi escritura de magia, de encanto.
Quiero mucho a este poemario, porque es auténtico. Dicho esto, pido perdón a los entendidos en poesía. Escribirlo durante el confinamiento me ha ayudado a no caer de golpe en el desánimo.

Carmen Soteres, Confinaviernes,
edición no venal de la autora, Madrid, 2020.

03 agosto 2020

«Entrar tarde y salir pronto»

Esta expresión, típica de la jerga de guionistas, nos aconseja evitar que nuestras historias o escenas comiencen demasiado pronto o acaben demasiado tarde.

Supongamos, por ejemplo, que estamos escribiendo una escena en la que queremos contar que un personaje hace una revelación dramática. Podríamos comenzar la escena viendo cómo el personaje se arregla para salir de casa, baja las escaleras, toma el autobús, llega al lugar en cuestión, pregunta por la persona a la que va a visitar, le hacen pasar, se saludan, comentan el tiempo tan raro que hace para esta época del año y finalmente nuestro personaje hace su revelación dramática: «Luis Alfredo, no soy tu padre. Soy tu madre». Impactante, sin duda, al menos para los lectores que no se hayan dormido a esas alturas. En general interesa saltarnos las partes aburridas y comenzar las escenas o las historias más tarde, más cerca del conflicto o detonante que queremos contar y que despertará, esperemos, la atención de nuestros lectores o espectadores.

Lo mismo se puede decir de la segunda parte del consejo, «salir pronto». Cuando la pareja protagonista supera todas las dificultades y consigue reunirse, no hace falta contar mucho más. «Y fueron felices y comieron perdices» es el sabio final de muchas historias clásicas. ¿Qué pasaría si, después de que Cenicienta se casase con el príncipe, nos contasen su vida en común, los hijos que tuvieron (el tercero les salió un crápula), la rebelión de los campesinos cuando subieron los impuestos…? A lo mejor todas estas cosas tienen interés en sí mismas, pero si lo que queremos contar es cómo Cenicienta se convirtió en princesa, son prolongaciones innecesarias y deberíamos eliminarlas (o dejarlas para la segunda temporada).

Sin duda este consejo, «entrar tarde y salir pronto», tiene un origen teatral, aludiendo a que los actores entren y salgan del escenario en el momento dramáticamente más oportuno, no antes ni después. Los ejemplos que he puesto son burdos y simples de entender, pero en nuestras propias historias es posible que no nos resulte tan fácil decidir cuándo empezar a contar una escena y cuándo terminarla. Queremos contar muchas cosas y a menudo nos da pena cortar, tenemos miedo de eliminar algo importante. En efecto, también es malo empezar demasiado tarde y omitir algún elemento esencial para que el lector comprenda lo que está pasando. Sin embargo, es mucho más frecuente el defecto contrario, el contar demasiado para poner al lector en antecedentes. No debemos menospreciar la inteligencia de nuestros lectores o espectadores. Están acostumbrados desde niños a chistes, anuncios comerciales, golpes de efecto, elipsis, a videoclips trepidantes, a historias que empiezan por la mitad o por el final, a piezas de informativos de televisión narradas con recursos cinematográficos…

Hay el peligro de que el lector se aburra y hay el peligro de que no se entere. Lo normal es que nos enfrentemos más a menudo al primero de estos peligros.

02 julio 2020

Las tres T de la escritura (que son cuatro)

Para mejorar en la escritura hacen falta tres elementos básicos, y los tres empiezan por T: talento, trabajo y técnica.

El talento es fácil de entender pero difícil de explicar. La buena noticia: todos tenemos talento para escribir. Unos más y otros menos, evidentemente. Si tienes mucho talento, conseguirás escritos notables con cierta facilidad. Si tienes poco talento, a lo mejor te costará más. En todo caso, parece ser que el talento no se puede enseñar (yo al menos no tengo ni idea), de modo que en mi taller nos olvidamos de él: asumimos que cada alumno se trae su talento de casa.

El segundo elemento es el trabajo. Este elemento también lo tenéis que traer vosotros al taller, yo no puedo trabajar por vosotros. Tampoco os puedo enseñar a trabajar. Sí que os pondré trabajo, pero ya depende de vosotros hacerlo o no. Sobre el trabajo hay varias certezas bien establecidas: si trabajas poco, mejorarás poco. Si trabajas mucho, mejorarás mucho. Es así de simple.

El tercer elemento de la escritura es la técnica. La técnica sí que se puede enseñar y yo lo hago en mi taller. Puesto que es lo único que enseño de verdad, debería darle mucha importancia, decir algo así como «la técnica es fundamental y en mi taller la puedes aprender mejor que en ningún sitio». Pero te estaría engañando. La técnica es buena pero no es fundamental. Viene bien conocerla, sobre todo para arreglar algo que no funciona, pero por sí misma no mejorará tu escritura.

Lo más importante es el trabajo, con mucho. Es el único elemento imprescindible. Sobre todo porque depende de ti. Lo segundo más importante es el talento. Es fantástico tener talento para escribir, pero no depende de ti, así que no le des mucha importancia. La técnica es lo último. Puedes aprenderla en un taller o encontrarla en cualquier libro, hay cientos de libros sobre escritura y muchos son muy buenos. Pero no te ayudarán si no trabajas, si no escribes. Mucho. Cuanto más, mejor.

El mejor profesor de escritura del mundo lo tienes muy cerca: eres tú. Eres el único profesor de escritura que te puede hacer mejorar mucho. ¿Cómo? Escribiendo mucho. El único trabajo que importa en la escritura es escribir. Cuanto más escribas, más mejorarás. Lo harás más deprisa si escribes en grupo, en un taller, y te beneficias de los comentarios de gente como tú y de la orientación de un profesor, pero en rigor solo tu trabajo es imprescindible. Es como hacer ejercicio: realmente no necesitas ir al gimnasio para hacerlo, lo puedes hacer tú solo con vídeos. Por supuesto que ayuda tener alguien que te oriente y compañeros que hacen lo mismo que tú, en el gimnasio y en el taller de escritura. Pero no te engañes: nadie puede hacer ejercicio por ti. Ni escribir por ti.

Podríamos añadir una cuarta T a los elementos básicos de la escritura: el tiempo. Por mucho que trabajes, requiere tiempo ir mejorando. Hay un elemento de gratuidad en la escritura que lleva tiempo, paciencia, sostener el trabajo con el compromiso y el disfrute personal, día a día. Con el tiempo, la inspiración te llegará, te encontrará trabajando, como decía Picasso, y notarás un clic en tu cabeza que te hará pasar a otro nivel. Yo he visto a una persona que definiría como la peor escritora del mundo (no daré nombres) perseverar y, un día, dejarme boquiabierto con un cuento que es un milagro de emoción y belleza, capaz de hacerme olvidar las montañas de basura relatos mejorables que esa persona había escrito.

Trabaja y date tiempo. Olvídate del talento y no sobrevalores la técnica. Sé humilde y trabaja. 

08 enero 2015

Diferencia entre historia y trama según E. M. Forster

«Definamos trama. Hemos definido historia como una narración de eventos ordenados en su secuencia temporal. Una trama también es una narración de eventos, en la que ponemos énfasis en la causalidad. “El rey murió, y luego murió la reina” es una historia. “El rey murió, y luego la reina murió de pena” es una trama. Se mantiene la secuencia temporal, pero la eclipsa el sentido de causalidad. (…) Consideremos la muerte de la reina. Si ocurre en una historia, decimos “¿y luego?” Si ocurre en una trama, preguntamos “¿por qué?” Esta es la diferencia fundamental entre estos dos aspectos de la novela.»
  • E. M. Forster, Aspects of the Novel (trad. mía).

21 noviembre 2014

Relatos o cuentos: la misma historia

¿Qué diferencia hay entre un relato y un cuento? La respuesta corta: ninguna. Es lo mismo.

Es mi opinión, desde luego, y no la comparte todo el mundo. Mucha gente afirma que no es lo mismo un cuento que un relato, y desarrollan distinciones más o menos sesudas. Circulan unas cuantas teorías al respecto, algunas incompatibles entre sí. La definición que unos dan de ‘cuento’ es la que otros aplican a ‘relato’, y viceversa. Hay cierta confusión, la verdad.

Es cierto que la historia de los dos términos es distinta y su campo semántico no es perfectamente coincidente. Por ejemplo, si hablamos de literatura infantil tendemos a usar más la palabra ‘cuento’, mientras que la palabra ‘relato’ tiene unas connotaciones un poco diferentes. Pero es perfectamente correcto afirmar que «Hansel y Gretel» es un relato, o llamar ‘cuento’ a «La biblioteca de Babel».

La Real Academia Española parece de la misma opinión:
cuento1.
3. m. Narración breve de ficción.
relato.
2. m. Narración, cuento.

«Narración breve de ficción». Imposible mayor sencillez a la hora de definir ‘cuento’ o ‘relato’. ¿Por qué complicarlo más?

Otra cuestión diferente es qué entendemos por ‘breve’, es decir, a partir de qué extensión una narración deja de ser un cuento. Pero ése es otro problema.