31 enero 2013

«…también paseamos perros»

Nada como salir a la calle para tomar el pulso a la situación social. Llevo algunas semanas repartiendo propaganda por el barrio, y es una experiencia enriquecedora. Lo primero: manifestar mi agradecimiento a todos los que me han permitido pegar pasquines o dejar tarjetas publicitarias en sus comercios. Diréis que tampoco les cuesta nada, y tal vez sea verdad. Sin embargo, cualquiera que ponga en marcha una actividad comercial hoy, en España, sabe que la sonrisa de los extraños posee efectos balsámicos. Es una fuente de energía inagotable y no sujeta al segundo principio de la termodinámica.

Lo segundo que quería comentar es mi sorpresa al constatar el gran número de anuncios referidos a cuestiones de escritura que he encontrado, perdidos entre las ofertas de venta de pisos, de coches, de alquiler de habitaciones, de reparación de ordenadores… He fotografiado unos cuantos, los más significativos, y los pongo a continuación. No faltarán los agoreros que piensen que esto refleja las pobres perspectivas que esperan al que quiera dedicarse a los oficios de la cultura. Yo prefiero ver el vaso medio lleno, como una prueba de que existe una gran demanda de servicios como los que ofrece tinta invisible. Eso sí, como en el cuento de Heinlein que da título a esta entrada, los que nos dedicamos a esto tenemos que tener una vocación de servicio a toda prueba. ¡Ánimo, camaradas!

«No hay trabajo demasiado grande para nosotros
No hay trabajo demasiado pequeño…
¡y todo asom­brosamente barato!»






24 enero 2013

Por qué se llama tinta invisible

Este sitio se llama así en homenaje a Brian McDonald, un maestro a quien admiro. Puedes aprender más sobre él en su página y su blog (en inglés). Al comienzo de su libro Invisible Ink explica qué entiende por tinta invisible’ (traducción mía):

La estructura de una historia es fácil de ver si sabes qué buscar, e invisible para los que no saben.
…Cuando comentan lo bien escrito que está un libro, muy a menudo se refieren al modo como están compuestas las palabras, a la belleza de una frase.
Cuando la gente habla de la obra de Shakespeare, casi siempre hablan sobre la belleza del lenguaje.
Todas estas son formas de tinta visible. Esta expresión se refiere a la escritura que ve fácilmente el lector o espectador, quien a menudo confunde estas palabras que están sobre el papel con la única escritura que hace el contador de historias.
Pero cómo se ordenan los eventos en una historia también es escritura. Qué eventos deberían suceder en una historia para dejar claro lo que quiere contar el narrador también es escritura. Por qué un personaje se comporta de una forma determinada también es escritura.
Todas estas son formas de tinta invisible, así llamada porque no las ve fácilmente un lector, espectador u oyente de una historia. Sin embargo, la tinta invisible tiene un profundo impacto sobre una historia. Más aún, es la historia. La tinta invisible es la escritura por debajo de la superficie de las palabras. La mayor parte de la gente nunca la verá ni la notará, pero la sentirá. Si aprendes a usarla, tu obra se notará pulida, profesional, y tendrá un profundo impacto en tu audiencia.

16 enero 2013

Leído en la calle

«Vendo vestido de novia a estrenar».

Así rezaba un anuncio que leí hace tiempo, pegado en una farola o tal vez en la marquesina de una parada de autobús. Lo anoté inmediatamente. Más breve que muchos de los microrrelatos que ahora están tan de moda. Y más dramático. ¿Por qué no llegó a estrenarse ese vestido de novia? Ésa es la pregunta. Cada respuesta es una historia.

La fuente última de las historias está en la realidad. En la vida. En la calle. Es verdad que hay historias que están inspiradas a su vez en otras historias, que toman la ficción como sustrato. Son historias de segundo grado, que se inspiran en historias de primer grado; pero éstas, a su vez, sólo pueden descender o bien de otras historias (que serían de grado cero), o bien de la realidad; y así sucesivamente. Siguiendo este razonamiento, para no caer en una regresión infinita, nos vemos obligados a concluir que toda historia brota de la realidad, bien directamente, bien a través de la mediación de una o varias historias anteriores; quod erat demonstrandum.

Las historias que manan de la experiencia del escritor, que tienen menos capas de ficción entre ellas y la realidad, tienden a resultar más vivas, más sugerentes para el lector que las historias que hablan de otras historias.

02 enero 2013

Escaleras invisibles

El verano pasado, lejos de casa, se me enganchó el pie al subir por una escalera y estuve a punto de caerme. Tuve la sensación de que el escalón en el que había tropezado era ligeramente más alto que los demás. Luego he leído en alguna parte que, en efecto, basta una mínima diferencia (creo recordar que inferior al uno por ciento) en la altura de un escalón respecto de los demás para provocar percances. Las escaleras deben ser regulares, tener escalones iguales, todos de la misma altura. Sería absurdo tildarlas por ello de ‘aburridas’. Una escalera con un escalón de diferente altura a los demás puede provocar un tropezón; una escalera en la que cada uno de los escalones tuviera una altura diferente obligaría a estar pendiente de ella para no descalabrarse.

Una escalera como es debido es invisible para el que la usa. La ignoras, simplemente subes, llegas arriba. Estabas abajo y estás arriba (o al revés). La escalera está ahí, pero no la percibes. No estás pendiente de ella. Una escalera irregular puede ser más ‘creativa’, incluso más divertida, pero es peor para subir. No cumple bien su función de ayudar a subir de manera cómoda y eficiente. Obliga a estar pendiente de ella, a tener cuidado con ella. Por cualquier escalera normal podemos subir o bajar sin dejar de pensar en nuestras cosas. Incluso podríamos subir a ciegas sin gran dificultad. En cambio, subir a oscuras por una escalera completamente irregular sería una experiencia angustiosa; terminaríamos avanzando a cuatro patas, arrastrándonos para no rompernos la crisma.

Hay escaleras humildes, de casas de vecindad, y hay otras, como la escalera dorada, que son grandiosas obras de arte. Pero no por ello dejan de ser escaleras: sus escalones tienen que ser regulares si no quieren descuidar su función de comunicar dos lugares que están en planos diferentes. Sin esa necesidad de comunicar nunca se habrían construido.

Puedes construir una escalera tan grande y hermosa como permita tu esfuerzo y tu talento. Pero asegúrate de que sirva para subir.

Las historias son escaleras.

Escalera dorada de la catedral de Burgos. Fuente: Wikimedia Commons.