21 febrero 2013

Diálogos

—Es un poco tontito, no tiene muchas luces.
—Sí, pero ¡es tan mono…!
—Es el hombre perfecto.

Anoté este diálogo en el metro hace ya algún tiempo. Las protagonistas, dos chicas en torno a los veinte años. El diálogo fue exactamente así, tal como lo he reproducido, pero es raro que un diálogo transcrito de forma literal, sin cambiar nada, resulte atractivo. Los diálogos reales están llenos de coletillas, reiteraciones y otras expresiones que cumplen una función de contacto entre los hablantes, pero que quedan fatal si las reproducimos tal cual en nuestras historias. Los diálogos literarios son una versión depurada y reconstruida de los diálogos reales. Eso no significa que no debamos prestar atención a cómo hablan realmente las personas. Al contrario, si queremos escribir buenos diálogos debemos acostumbrarnos a escuchar con atención muchos diálogos reales de personas de toda condición, a transcribirlos, a reescribirlos, a trabajarlos; porque los diálogos de nuestras historias no tienen por qué ser reales, pero tienen que sonar reales. Y la mejor escuela para educar el oído del escritor está en la calle. De lo contrario, nuestros personajes hablarán como personajes de novela o de series de televisión.

Una vez escritos, los diálogos deben ser probados y corregidos. La mejor manera de probar si un diálogo funciona es leerlo en voz alta. Mejor si lo hace otra persona. Escuchar a alguien leer en alto los diálogos que has escrito es una manera muy sencilla y efectiva de establecer un primer filtro de calidad. Si te suena artificial es que no están bien escritos. A veces el autor no es buen crítico de sí mismo; lo ideal es que haya más personas presentes, para poder tomar nota de sus observaciones. Ésa es una de las grandes ventajas de los talleres de escritura: los lectores leen tu obra delante de ti. Sus reacciones son una mina de oro que conviene explotar.

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