05 marzo 2013

Lo imposible verosímil

Hace algunos años, cuando estudiaba guión en la universidad, recibimos la visita de un director de cine. Vimos una película suya, cuyo guión habíamos trabajado antes, y tuvimos la ocasión de plantearle algunas preguntas. Un compañero le comentó que determinado suceso o giro en la película —no recuerdo cuál, tampoco importa— no le había gustado porque le resultaba increíble. El director, una persona de mediana edad y hasta ese momento afable, se alteró:

—¡Pues resulta que eso pasó de verdad! —proclamó, entre indignado y triunfante.

Su brusca reacción consiguió dejarnos callados, pero no nos convenció en absoluto. Más tarde lo comentamos entre los alumnos, y todos estábamos de acuerdo: el hecho de que algo haya pasado de verdad no significa que tenga que funcionar en una historia.

He vuelto a vivir situaciones parecidas más de una vez en talleres de escritura. En un momento dado, alguien critica determinada escena de un relato o una novela porque no le resulta creíble. Ante ello, el autor replica que, por más que la escena pueda no resultar creíble, el caso es que eso mismo le sucedió a él, o a un amigo o a un familiar. Pues bien, esa respuesta es totalmente insatisfactoria. ¿Y qué si es verdad? Al lector no le interesa la vida del escritor; o, para ser más preciso, el lector no tiene acceso a la vida del escritor salvo desde la historia. Y la historia que escribimos tiene que ser coherente, atenerse a unas reglas no escritas (la ‘tinta invisible’ de McDonald) que permiten que el lector se sumerja en ella como si fuera real. Los giros increíbles producen el efecto indeseable de ‘sacar’ al lector (o espectador) de la historia, hacen que se pregunte «pero ¿qué me están contando?».

Es un error pensar que la verosimilitud de una historia tiene que ver con el contenido realista o fantástico de su argumento. Hay multitud de películas fantásticas o de ciencia ficción que transcurren en realidades absolutamente ajenas a nosotros, y sin embargo, si están bien escritas, si crean mundos coherentes, todo en ellas nos resulta creíble y verosímil. En cambio, la película que mencionaba al principio, a pesar de transcurrir en la época actual y mostrar personajes y relaciones humanas cercanos y reconocibles, resultaba increíble en algunos momentos.

«Hay que preferir lo imposible verosímil a lo posible increíble» (Aristóteles, Poética, 1460a).

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