03 agosto 2020

«Entrar tarde y salir pronto»

Esta expresión, típica de la jerga de guionistas, nos aconseja evitar que nuestras historias o escenas comiencen demasiado pronto o acaben demasiado tarde.

Supongamos, por ejemplo, que estamos escribiendo una escena en la que queremos contar que un personaje hace una revelación dramática. Podríamos comenzar la escena viendo cómo el personaje se arregla para salir de casa, baja las escaleras, toma el autobús, llega al lugar en cuestión, pregunta por la persona a la que va a visitar, le hacen pasar, se saludan, comentan el tiempo tan raro que hace para esta época del año y finalmente nuestro personaje hace su revelación dramática: «Luis Alfredo, no soy tu padre. Soy tu madre». Impactante, sin duda, al menos para los lectores que no se hayan dormido a esas alturas. En general interesa saltarnos las partes aburridas y comenzar las escenas o las historias más tarde, más cerca del conflicto o detonante que queremos contar y que despertará, esperemos, la atención de nuestros lectores o espectadores.

Lo mismo se puede decir de la segunda parte del consejo, «salir pronto». Cuando la pareja protagonista supera todas las dificultades y consigue reunirse, no hace falta contar mucho más. «Y fueron felices y comieron perdices» es el sabio final de muchas historias clásicas. ¿Qué pasaría si, después de que Cenicienta se casase con el príncipe, nos contasen su vida en común, los hijos que tuvieron (el tercero les salió un crápula), la rebelión de los campesinos cuando subieron los impuestos…? A lo mejor todas estas cosas tienen interés en sí mismas, pero si lo que queremos contar es cómo Cenicienta se convirtió en princesa, son prolongaciones innecesarias y deberíamos eliminarlas (o dejarlas para la segunda temporada).

Sin duda este consejo, «entrar tarde y salir pronto», tiene un origen teatral, aludiendo a que los actores entren y salgan del escenario en el momento dramáticamente más oportuno, no antes ni después. Los ejemplos que he puesto son burdos y simples de entender, pero en nuestras propias historias es posible que no nos resulte tan fácil decidir cuándo empezar a contar una escena y cuándo terminarla. Queremos contar muchas cosas y a menudo nos da pena cortar, tenemos miedo de eliminar algo importante. En efecto, también es malo empezar demasiado tarde y omitir algún elemento esencial para que el lector comprenda lo que está pasando. Sin embargo, es mucho más frecuente el defecto contrario, el contar demasiado para poner al lector en antecedentes. No debemos menospreciar la inteligencia de nuestros lectores o espectadores. Están acostumbrados desde niños a chistes, anuncios comerciales, golpes de efecto, elipsis, a videoclips trepidantes, a historias que empiezan por la mitad o por el final, a piezas de informativos de televisión narradas con recursos cinematográficos…

Hay el peligro de que el lector se aburra y hay el peligro de que no se entere. Lo normal es que nos enfrentemos más a menudo al primero de estos peligros.