01 noviembre 2021

Entrevista a Benito Estrella


Retomamos la actividad en tinta invisible con la segunda de nuestra serie de entrevistas a los autores de Editorial Sonora. En esta ocasión hablamos con Benito Estrella, autor de la novela Valdargar. Una larga conversación con una persona con mucho fondo literario y humano.

¿Cuándo comenzaste a escribir? Y ¿por qué (o para qué) escribes? Da la impresión de que has volcado en Valdargar tu saber como escritor y también como profesor de literatura. ¿Puedes contarnos algo de tu proceso de escritura?
Publiqué mi primer libro de poesía en 1972, en Barcelona. Así es que se podría decir que empecé a escribir bien joven. Pero, en realidad, no he tomado conciencia de la escritura como oficio hasta muy tardíamente, ya sesentón. Antes de jubilarme solo había publicado, además de esas primeras poesías, otras veinte años después (Libro de la memoria y el olvido) y un ensayo (Un extraño en mi escuela) resultado de mi tesis doctoral. Entretanto, he ido aprendiendo a escribir redactando cartas, informes, conclusiones asamblearias, programas colectivos o institucionales, materiales pedagógicos y otros textos sin firma propia y sin género literario. En los ambientes pedagógico-políticos en donde me movía, con los compromisos de la llamada transición democrática, solían acudir a mí cuando se trataba de redactar algo en papel. Era el amanuense. Ha sido después de jubilado cuando he empezado a sentirme autor, individualmente responsable de lo que escribía, si bien mantengo la idea de que los escritores no somos en realidad creadores, sino reescritores de lo que ya está escrito y mil veces escrito.
En cuanto a por qué y para qué escribo, a mí me parece que uno escribe para dialogar con el lector, para compartir un servicio mediante un producto que debe hacerse con esmero. La lectura es diálogo: «Vivo con el comercio de difuntos / y con mis ojos oigo hablar a los muertos», dice Quevedo en un famoso soneto. Yo me crie en un ambiente familiar de artesanos, zapateros y carpinteros (como se puede ver en la novela). El zapatero artesano (la producción industrial de hoy es otra cosa) lo primero que hacía era tomar la medida del pie para el que iba a hacer el zapato. El trabajo se hacía para cubrir la necesidad de un ser humano concreto que tenía que andar por las calles empedradas del pueblo o entre los terrones del campo. Muchos de los que emigraban en aquellos años eran artesanos: zapateros, carpinteros, labradores… Y las mujeres eran todas cocineras y modistas. Allí a donde iban se convertían, eso sí, mejor pagados, en esclavos de unas máquinas haciendo todos los días, horas y minutos, las mismas y cansinas rutinas de un robot.
Lo que el capitalismo ha producido, especialmente en los últimos tiempos, es una inversión entre fines y medios en el trabajo y la economía. No se produce en función de las necesidades de los individuos, sino que se crean necesidades sin cuento para que sean consumidos los productos, materiales o ideológicos, que se fabrican o se ponen en esos escaparates que tenemos dentro de casa y llevamos siempre en la mano, que son las pantallas de la televisión o del móvil. En el oficio de escritor esto de tomar la medida del pie es más difícil; pero tenemos casos ejemplares en este sentido: dos de nuestros grandes clásicos, santa Teresa y san Juan de la Cruz, escribieron sus obras para personas concretas. Yo suelo pensar al menos en la clase de lector que puede leer lo que escribo. Valdargar lo escribí pensando sobre todo en mi familia y mis paisanos, es decir, en la comunidad en que nací, me crie y crecí. La vida no se muestra en conceptos y abstracciones, sino en vivencias concretas y relaciones con personas de carne y hueso.

Has escrito varios libros de ensayo sobre cuestiones educativas y filosóficas (el último, Educar a la intemperie, acaba de aparecer) y cuatro libros de poesía, pero solo una novela, Valdargar. ¿Por qué?
La explicación de haber publicado más ensayos tiene que ver con mis circunstancias biográficas y los compromisos que me exigían. Fui acumulando algunos cuadernos de apuntes sobre mis lecturas y mis reflexiones relacionadas con mi tarea docente. Por otro lado, siempre he visto a la educación muy ligada a cuestiones filosóficas. Luego, la circunstancia de que el Instituto Emmanuel Mounier (al que estoy muy agradecido) me ofreciera la oportunidad de publicar algunos de esos apuntes ya redactados en forma de libro, ha facilitado y estimulado mi escritura.
Con la poesía he tenido siempre una relación extraña, con épocas y autores de intensa lectura y periodos salteados de eso que llaman algunos inspiración. En realidad, si nunca me sentí escritor, menos aún me he considerado poeta. Para mí ser poeta, como ser escritor o maestro, son palabras mayores. Es adquirir la tremenda responsabilidad de ser un guía para los demás en lo que atañe a la verdad, al bien y a la belleza. Y esta responsabilidad la asumen y representan en toda su profundidad y sentido muy pocos.

¿Qué diferencias y parecidos encuentras al escribir en los diferentes géneros?
Los géneros se solapan muchas veces entre sí. Yo me pongo a pensar sobre un contenido determinado que considero debo expresar y hacer público, sin prejuzgar en qué género o corriente literaria voy a encajar lo que escriba. Es el contenido el que determina la forma y no al revés. Hay (y esto lo denuncia muy bien Todorov en su ensayo La literatura en peligro) un exceso de formalismos, tanto en la crítica como en la teoría literaria, que ahogan, en cierto modo, el papel esencial de la literatura, que es, como dice Todorov, «enseñar a vivir»; o intensificar la vida, como todo el arte en general, según señala el filósofo Michel Henry. La literatura sobre la literatura, la teoría literaria (que es, por cierto, lo que se enseña desde muy temprano en las aulas, incluso antes de que los estudiantes sepan leer bien), aunque necesaria, es algo abstracto, propio de especialistas y ajeno al arte y su relación con la vida.

En Valdargar es fácil encontrar pasajes poéticos y también reflexiones filosóficas enhebradas en la narración. ¿Crees, como dicen algunos, que la novela es el género total, que cabe todo en ella?
Como idea general, estoy de acuerdo en que la novela, el género narrativo (también las fábulas, los apólogos, los cuentos, las parábolas, las historias de enseñanza) es el que ofrece mayores posibilidades para expresar de manera integral nuestras disposiciones afectivas en relación con la vida que vivimos y vemos vivir en los demás. Pero depende, lógicamente, de la obra en sí, de su calidad y acierto. Si hablamos de Cervantes o Dostoyevski, la novela expresa de forma magistral esa cualidad íntegra de la vida, encarnada en sus personajes. Pero lo mismo podríamos decir de la poesía de Antonio Machado, de los diálogos de Platón o del teatro de Shakespeare. Cervantes dijo que el cielo no le había concedido el don de la poesía, y es posible que cada escritor se encuentre más a gusto en uno u otro género. En mi caso han sido las circunstancias las que me han llevado de aquí para allá y, como te digo, un tanto tardíamente para asentarme en uno u otro. A mí me gustaría haber dedicado más tiempo a la novela y ahora estoy empeñado en escribir otro Valdargar, que me está costando.

Benito Estrella, Valdargar, Editorial Sonora, Madrid, 2020.
272 páginas, 15 euros. ISBN 9788412070835.

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Valdargar se nutre de recuerdos de tu infancia, pero sometidos a una elaboración literaria muy compleja. No solo has cambiado los nombres de los personajes y de los lugares, sino que la historia misma del protagonista, Orencio Burgos (un trasunto de tu persona) nos la cuenta un amigo suyo, un narrador anónimo que podrías ser tú (o no) y que reelabora lo que Orencio le ha contado, en un juego de capas que recuerda inevitablemente a Cervantes.
La reelaboración literaria de mis recuerdos tiene una doble motivación: la composición literaria propiamente dicha (estética, podríamos decir) y, sobre todo, procurar no herir a nadie (ética). Se podría añadir, además, que yo nunca he estado seguro del todo sobre la verdad de las ideas que expreso, de ahí la distancia conmigo mismo mediante el recurso a un narrador externo. Hay también algo de eso que se conoce como el flujo de conciencia, con el que he querido mantener cierta distancia o desapego.

En esta segunda edición no te has limitado a corregir erratas. ¿Qué diferencias hay con la edición original?
Las diferencias más significativas entre la primera edición y esta segunda son la supresión de casi todo un capítulo («Exiquio el Gordo») que no encajaba en la coherencia y el tono del relato, que era simple literatura y además de la mala, y un añadido en la conversación que sostienen Fulgencio el Barbero y el abuelo Prudencio, que me ha servido para matizar algunas consideraciones sobre la guerra civil, resaltando el hecho de que la mayoría del pueblo fue obligada a participar en ella en uno u otro bando sin otro motivo que la llamada a filas según donde tocara la leva. He corregido también algunas cosillas de estilo, pocas en realidad. La novela la estuve pensando durante mucho tiempo, años, pero cuando me puse a escribirla me salió casi de un tirón.

Abres el libro con una cita de Simone Weil que dice que nuestra raíz está en la comunidad en que crecimos, en los tesoros del pasado (la infancia como verdadera patria, como dice Rilke en la otra cita que pones al comienzo).
Simone Weil es para mí una autora de referencia permanente. He leído toda su obra traducida y la repaso y la cito siempre que viene a cuento. La novela tiene además un subtítulo (Memoria del desarraigo) que apunta precisamente a las ideas del desarraigo y de la infancia como verdadera patria del hombre, como dicen Weil y Rilke.
En cuanto al tema del desarraigo, bajo su apariencia desenfadada y humorística, he pretendido poner sobre el tapete algunas cuestiones generales muy serias, que con el tiempo han ido mostrando su relevancia. Porque la España vaciada no es un problema demográfico ni de economía política, sino todo un desgarro existencial: el de ser arrancado de la tierra donde uno ha sido sembrado y ha crecido y quedarse así sin raíces y sin tierra, sin tradición viva de la que obtiene su alimento el alma. Adam significa humus, tierra. Pienso que la literatura tiene la tarea obligada de rescatar y denunciar aquellos temas y problemas que el mundo presente, con su ruido mediático, oculta, olvida o deforma. En este sentido, toda literatura que pretende serlo con responsabilidad, es subversiva. He querido por eso dar relevancia y presencia a esos seres anónimos que nunca cuentan en la historia, la que escriben siempre los que mandan, a su manera y según su interés. Estos que dejaron sus pueblos y sus gentes por los años cincuenta y sesenta del siglo pasado ni habían ganado ni perdido la guerra, pues no iba con ellos. No han tenido ni tienen pagas, ni memoria, ni nombres de calles, ni monumentos. Ni eran ni son actores de la película, sino los extras del montón. Son como si no existieran. Son los que siempre pierden las guerras, los hermanos y hermanas del soldado desconocido. Pertenecen a la intrahistoria, de la que habló Unamuno, al sustrato invisible y sudoroso que hace funcionar el mundo, y lo levantan cada día y todos los días yendo a su trabajo y cumpliendo con su deber: el obrero de la fábrica, el muchacho o la muchacha que te sirve el desayuno o la cerveza, la maestra de escuela, el médico, la enfermera, la cajera del súper, Catalina, mi alumna, que lleva treinta años sin faltar un día limpiando el cuartel de la guardia civil, la señora que barre y friega la puerta de su casa… No salen en la tele, ni en los periódicos, ni en los libros de historia, a no ser que pase alguna terrible desgracia, como en Puerto Hurraco, un pueblo cercano al mío, Higuera, también de La Serena. Y entonces acuden los periodistas a la mala noticia y nos llaman la España profunda en vez de la España vacía.


Es patente en Valdargar tu valoración positiva (pero no edulcorada: hay pasajes de una dureza terrible) de cierto modo de vida que se ha perdido y que se ha sustituido por otro que no te convence demasiado. ¿Hasta qué punto has querido reflejar tu punto de vista crítico sobre la sociedad posmoderna, que has reflejado también en ensayos sobre educación, como Loa a la vieja pizarra?
En mi memoria late y vive una infancia feliz en medio de la pobreza. Recuerdo un ambiente que, aun rayando casi en la miseria, era al mismo tiempo, al menos entre la gente más familiar y cercana, lleno de sentido y alegría sana. El ritual religioso y la escuela por un lado (yo fui monaguillo) y por otro el cine y las pocas lecturas que podía sacar de aquí o allí llenaban mis sentimientos y anhelos, aparte de sentirme querido por aquellos con quienes me relacionaba. Con el progreso han venido cosas positivas, sin duda; pero este desarrollo económico, político, técnico y mediático, a cuya conjunción de intereses llamo la Máquina, se ha llevado por delante cosas esenciales que no tienen precio, y que la Máquina, por mucho que se esfuerce en negarlas, no puede borrarlas del corazón humano, no son mercancías que se puedan comprar y vender con dinero o con votos.
En este momento tengo la sensación de que nada está en su sitio y creo que esta misma sensación, de manera más o menos consciente, está llegando a cada vez más gente. Los rostros, más lustrosos y maquillados, lo revelan y en la mayoría de las miradas no encuentra uno más que desafío o vacío.
Hay cosas positivas, por supuesto; pero estas ya se encarga de propagarlas insistentemente el aparato de la Máquina del sistema en que vivimos, bien como realizaciones paradisiacas por parte de los que mandan o bien como el paraíso a la vuelta de la esquina por parte de los que aspiran a mandar.
Pienso que la sociedad posmoderna, nuestra cultura, de origen cristiano, es la manifestación de nuestra decadencia, sometida a una degeneración cada vez más acelerada hacia la barbarie. Estamos en una situación muy parecida a la de la decadencia del imperio romano, como denunciaron tempranamente Juvenal o san Agustín. Lo que quedó entonces en pie de la cultura fue gracias al retiro de unos pocos en los monasterios medievales. Creo, aunque esto se vea como pesimista, que el único margen que nos deja la Máquina es el de retirarle nuestro apoyo, directo o indirecto, nuestra energía, sin la que no puede funcionar, pues el enfrentamiento le sirve también de alimento, es uno de sus mecanismos de mantenimiento.

1 comentario:

  1. Joder, como puedo aprender con este hombre, bien hablando, que para mi es todo un verdadero honor, o leyendo lo que escribe.

    Todo un HONOR, felicidades amigo.

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